2. PREMIO: "Un día con Ali"

María José Ceruti Andrés
Martes, 31 Enero, 2017
3:52 am: Ali ha vuelto a despertarme tapándome la nariz. Bueno, quizá esté siendo injusta; no es ella, es la parálisis del sueño. He estado durmiendo peor desde que comparto habitación con Ali; cuando no trata de ahogarme, se me sienta en el pecho, o grita en mitad de la noche. Siempre estoy cansada por su culpa. Ella parece que nunca tiene sueño.
 
7:45 am: He conseguido volver a dormirme después del episodio de parálisis. Ali se ha sentado a mi lado y ha esperado a que sonara el despertador para gritarme en un oído. Últimamente lo hace todos los días. Me he levantado como un resorte y he apagado la alarma, con el corazón haciéndome daño contra las costillas. Ali, como siempre, no ha dicho nada. Yo tampoco.
10:30 am: Dios, qué clase tan larga. Parece que no se acaba nunca. Quiero irme a casa. Mi rodilla salta sin parar bajo la mesa, pero nadie se da cuenta. Sé que Ali, a mi lado, también se aburre, porque emite un chirrido constante que se me incrusta en el cerebro. Me siento tonta porque soy la única a la que le molesta. Ali apoya su cabeza en mi hombro, su chirrido se me clava en el oído y su aliento me cosquillea la garganta, ahí donde me vibra el pulso. Me pregunto qué pasaría si rompiera de un puñetazo aquella ventana. ¿Habría sangre? Por lo menos la clase se acabaría, eso seguro.
 
10:58 am: QUIERO IRME A CASA.
 
12:16 am: Elia, Carmen y yo nos hemos levantado para hacer nuestra exposición en Historia. Ali también es parte del grupo, aunque ninguna de nosotras se lo pidió; simplemente vino cuando se formaron los equipos. Yo no me sé mi parte. La he leído varias veces, pero no me la sé. Todo el mundo se va a dar cuenta. Mierda. Mierda. Me quedo ahí parada, detrás de Carmen y Elia, mientras ellas exponen sin problemas. Ali me da pataditas en el talón cada cinco segundos. Cuando por fin me toca salir a mí, trato de respirar hondo. No es tan difícil, me digo. Tengo mis notas en la mano, es una exposición corta, nadie se va a dar cuenta. Abro la boca para hablar. Ali me da un codazo en el estómago.
 
14:00 pm: Al salir de clase, Elia me pregunta cómo va todo, aprovechando que Ali está distraída. Sabe que Ali me está haciendo la vida difícil, porque se lo dije hace meses. Le digo que estoy muy cansada, lo cual es verdad; si encima tengo que detallar todas las peleas que Ali y yo
hemos tenido, creo que me voy a poner a llorar. Carmen, que nos escucha, niega con la cabeza. “Tía, dile que se vaya” dice. “Tiene que haber alguna manera de que la eches. No puedes seguir así”. Agacho la cabeza. Elia se enfada con ella. “¡No puede echarla sin más, Carmen, ya lo sabes!” Le sonrío agradecida, aunque no puedo evitar preguntarme, por enésima vez, si Carmen no tendrá razón, si no será todo así de fácil.
 
Ali apoya todo su peso en mi espalda durante el trayecto de autobús de vuelta a casa.
 
16:23 pm: Ali siempre se pone más pesada después de comer. Una vez, durante una de nuestras sesiones, Nuria me preguntó si sabía por qué, pero aún no he sabido qué contestarle. Nuria dice que no tenga prisa, que lo descubriremos en su momento. Que de momento lo que tengo que hacer es ir encontrando maneras de evitar que Ali me haga (tanto) daño, y aceptar que las cosas que hace no son culpa mía. En el despacho de Nuria todo parece muy nítido y obvio, pero es un poco más difícil mantener la calma con Ali correteando por la casa, haciendo ruido, golpeando cosas, viniendo a sentárseme encima sin más motivo que porque sabe que eso me agobia. Navego por internet toda la tarde, una página tras otra, porque no puedo hacer nada más. No consigo levantarme de la silla. Me pregunto si Ali me habrá puesto pegamento en el asiento. No sería la primera vez.
 
Mamá se asoma a mi cuarto y me mira con desaprobación. “Levántate y haz algo, ¿no? Todo el día en el ordenador, parece mentira”. Oigo a Ali chillar al otro lado de la casa. Vuelvo a preguntarme si Carmen no tendrá razón, si no será tan fácil como echarla.
 
No puedo levantarme.
 
19:06 pm: Al final he conseguido salir un momento de casa. Nada espectacular, sólo a comprar el pan. No ha sido hasta que el aire de la calle me ha dado en la cara que he podido respirar hondo y me he dado cuenta de que me estaba ahogando en mi cuarto. Camino rápido, aliviada, y Ali por una vez se queda varios pasos por detrás de mí. Ojalá pudiera sentirme así todo el día. Doy un rodeo al volver sólo para disfrutarlo un poco más.
 
20:54 pm: Ali ha vuelto a chillar desde el momento en que pusimos el pie de vuelta en casa. Hoy no parece tener intenciones de parar. Voy a la cocina a hacerme algo para cenar, aunque no tengo hambre, y hago lo que puedo por ignorar que no para de empujarme y de tirar al suelo las cosas. Me tiemblan las manos con una mezcla de rabia e impotencia, y pongo toda mi energía en recordar que no debo golpearla. Papá viene a la cocina también. Está conversador hoy. No para de hacerme preguntas, que qué tal mi día, que qué he hecho hoy en el colegio. Yo sólo quiero contestar rápido y largarme de allí, pero papá no deja de hablar y Ali no deja de chillar, y al final exploto con un brusco “a ver, ¿yo qué sé? Normal, papá, me ha ido normal”. Mi padre frunce el ceño indignado. “Oye, cálmate, ¿eh? Yo no la pago contigo cuando tengo un mal día”. Mascullo alguna disculpa de mierda, algo en la línea de “no me encuentro bien” y huyo a mi cuarto, con Ali en los talones. Sé que no me dejará en paz, pero al menos ahí no le hará daño a otros. Oigo a papá chillarme, que no sabe qué me pasa y que un día de éstos vamos a tener que hablar. Ali se ríe de mí, y la odio.
 
22:26 pm: Ali sigue aquí y no para de gritar y llorar. Me hago un ovillo en la cama, tan apretadamente como puedo. Quiero dormir. Sólo quiero dormir.
 
23:05 pm: Sigue aquí. Araña el gotelé de las paredes y llora. Llora y llora y llora. Tengo ganas de patearla, de abofetearla, de hacerle mucho, mucho daño. No. Se. Calla.
 
23:48 pm: Ali tiene una navaja en la mano. La veo brillar a la luz de la lámpara del techo, que sigue encendida porque ya me he resignado a que hoy tampoco voy a dormir. Ali está encogida en un rincón, de espaldas a mí, y sigue sollozando, pero veo la navaja en su mano. Una navaja de afeitar de esas antiguas que encajan en un cabezal y que tienen filo por los dos lados. La reconozco porque es mía. Miro a Ali jugar con ella, y pienso “que lo haga, que lo haga y que se calle de una vez, que lo haga”. Me mantengo en mi decisión durante treinta segundos. Ali sigue llorando. Se descubre el antebrazo.
 
–No.
 
No sé de dónde saco fuerzas para hablar y levantarme. Estoy agotada, siempre lo estoy, pero digo no y me levanto, y Ali me mira con ojos llorosos mientras abro uno de mis cajones y saco mi caja de gomas elásticas. Me pongo una en la muñeca izquierda, como una pulsera. Camino hacia ella. Ya no estoy enfadada. Sólo triste, como ella. Lo cual tiene sentido, porque, como Nuria siempre me recuerda, Ali es una parte de mí que está triste. “Imagínate que tu ansiedad es una amiga enferma” me dijo. “Tratarías de cuidarla, ¿no?”
 
Por eso Ali tiene cara, y tiene nombre. Es más fácil lidiar con una amiga invisible, aunque sea una cabrona, que con una sensación inexplicable de horror y desastre inminente que no se va nunca.
 
Le quito a Ali la navaja y la miro a los ojos, negando con la cabeza. Ali se tira a mis brazos de golpe. Yo no protesto. La llevo hasta la cama como puedo, nos acomodo a las dos bajo la manta y apago la luz. Ali se acurruca contra mi pecho, llorando bajito, y tira de la goma elástica de mi muñeca, alargándola lo justo para que regrese al sitio con un chasquido, mordiéndome la piel. El antebrazo se me llena de verdugones rosados y finitos. Eso la calma. A mí también. Le acaricio la cabeza. Pronto será medianoche. Creo que hoy podremos dormir.
 
–Bueno, hemos sobrevivido a hoy –le digo.
 
Ali asiente en la oscuridad, y ya no llora. Hoy hemos ganado.