3. PREMIO: "En una tarde de noviembre"

Ainara Altuna Etxeberria
Martes, 31 Enero, 2017
 
Me lo hiciste comprender una semana antes de tu muerte. O al menos, así lo quise interpretar. Llevabas días arrastrando lo poco que quedaba de tu identidad, se me hacía difícil definirte como Mi Madre. La morfina y demás medicamentos devoraron casi por completo lo que una vez fuiste para ti misma y para los demás. El precio a pagar por aniquilar el dolor era muy alto.
 
Llevábamos tres horas sentadas en el sofá, sumergidas en un estremecedor mutismo. Eran las ocho de la tarde y al ser noviembre, fuera reinaban los colores oscuros. Quizá por empatía, las nubes lloraban mucho, como en las películas tristes. Yo había encendido una pequeña lámpara que teníamos en la sala para que las luces halógenas no te molestaran.
 
Cuando estaba por levantarme para ir a preparar la cena, me miraste y dijiste algunas palabras borrosas, imperceptibles, casi sin mover la boca ni la lengua. Me estaba acostumbrando a verte así, semi-entera, opaca. Enjaulé mi tristeza y mi impotencia, y te dije un silencioso y un tanto forzado, “sí sí”. Me miraste otra vez, seguramente te diste cuenta que no había comprendido nada, y señalaste, muy lentamente y con la mano intermitente, mi sien. Insistías con la mirada, y moviste ligera pero contundentemente la cabeza como si quisieras afirmar una verdad absoluta. En ese preciso instante algo muy pesado dentro de mí se movió, y lo entendí.
 
Con ese gesto me decías que aceptabas lo que había dentro de mi frágil cabeza, que aceptabas mis dificultades para andar por la vida, que aceptabas, en definitiva, todos aquellos incomprensibles laberintos sin salida que inundaban mis pensamientos, y que tantos quebraderos de cabeza nos dieron a las dos. Señalaste mi sien, porque es ahí donde residió mi veneno durante mucho tiempo, y que aun hoy, si bajo la guardia, me acecha. Me sorprendí al verte tan viva, tan cercana, pero sí, estabas ahí, presente detrás de esa mirada caída, presente a pesar de esa horrible enfermedad, a mi lado, diciéndome algo muy valioso.
 
Siempre nos entendimos muy bien tú y yo, siempre, desde que decidiste darme la vida. No recuerdo una sola vez donde no estuviste a mi lado cuando te necesité. El único ladrillo que no encajó en nuestra estrecha relación de madre-hija, fue, pongámosle un título: “los extraños sucesos que tuvieron lugar en mi persona cuando el veneno se apoderó de mí” (mucho mejor esta definición que aquella que aparece en los manuales de psicopatología). Incluso en esos confusos días me tendiste la mano, estuviste a mi lado con terquedad intentando entender lo que me pasaba, pero había... algo, una resistencia, quizá un terrible dolor, que te hacía tener esa mirada inquisidora, que quería por encima de todo (lo sé), no ver sufrir de esa manera a su hija.
 
En esos años jugué bruscamente al escondite contigo para que no me vieras tal y como realmente era, para evitar encontrarte mientras te tocabas el mentón y me decías con paciencia que lo tenía que superar. Lo sabía, sabía perfectamente que lo tenía que superar, pero me costaba mucho aligerar mis pulmones, tenía la mente obnubilada por una bruma espesa de olor nauseabundo, y me sentía muy diminuta, muy escasa, con una gran piedra encima de mí.
 
Mis endiabladas neuronas no me obedecían, y cualquier acción humana, por sencilla y cotidiana que fuera, se me hacía imposible, casi no podía salir de casa y mi vida se convirtió en un eterno lidiar con ese veneno potente que me invadía primero el cerebro, y a continuación todo el cuerpo. Una persona entera por fuera (con grandes ojeras), pero demolida hasta los cimientos por dentro. Así pasé muchos años, intentando reconstruirme por dentro poco a poco, dando pasos liliputienses y cayéndome continuamente. Pero me levantaba siempre, porque sí, porque por encima de todo quería dejar atrás aquella pesadilla, ser una mujer fuerte y verme a mí misma como siempre me quise ver: una persona capaz, inteligente, creativa, independiente... (podría, queriendo, añadir muchos bonitos etcéteras a la lista).
 
Todos esos bellos adjetivos que se suponía que debían erigir mi imagen interna, los dibujamos entre las dos. Creo ahora que quizá había demasiadas pinceladas tuyas, y que me dibujé siguiendo en exceso tus esbozos. Y cuando esa imagen, por superabundancia de dosis de perfección, empezó a temblar, no supe poner pegamento en las fisuras y al final me hice añicos. Las sensaciones físicas desagradables que se apoderaban de mí cuando se expandía el veneno eran insoportables, pero era aun peor verme de esa manera, descascarillada y arañada en todos los rincones de mi personalidad. Se me hacía muy doloroso ir por la vida arrastrando trozos de mí misma, así que opté por reconstruirme.
 
Así pasaron días, y más días. Inmensos colores oscuros en mi interior y pasos, muchos pasos para ser de nuevo una persona. En ese lento proceso de auto-restauración pasé interminables horas juntando todas mis piezas, sujetando con fuerza las que tenían bellos colores, y apartando con rabia las que tenían formas abominables. Pero todas eran indispensables para poder ponerme en pie, y yo aun no lo sabía. No, no lo sabía.
 
Lo entendí aquella tarde de noviembre, y quizá tú también.