"Hago las cosas despacio"

Raúl Barranco García
Martes, 21 Febrero, 2017

Al bajar del tren, Enrique vio un pen drive olvidado en un asiento. Se había pasado medio viaje dormido, con el dedo entre las páginas de Nubosidad variable. Ni el paisaje castellano, ni Carmen Martín Gaite consiguieron suscitar su interés. Pocas cosas lo conseguían últimamente, y por poco tiempo. Cada nuevo desconocido, lleno de posibilidades mientras le era permitido imaginárselo a placer, acababa decepcionándole al tratarlo y descubrir cómo era en realidad. Nada más subir al tren, como por instinto, hizo un rápido escaneo de los viajeros y concluyó que no se perdería nada optando por Morfeo como compañero de viaje. Sacó el libro y apoyó la cabeza en el respaldo. Un par de asientos más atrás, a una chica le costó varios intentos sacudirse los amagos de conversación de un señor mayor. Contestó amablemente, pero regateando cada palabra. Tenía una voz bonita. En la primera parada, Enrique salió a estirar las piernas, pero no se fijó en quién subía o bajaba del tren, ni habló con nadie. Y de vuelta a su asiento, no identificó ningún rostro que le fuese bien a la voz dulce de la chica tímida. Al llegar a su destino, el conductor encendió las luces. Los viajeros salieron de su letargo y el vejete intentó de nuevo que alguien le diese réplica. Pero esta vez la chica se debió de defender con gestos. Enrique se despertó perezosamente y salió el último al andén. Sólo entonces echó de menos su libro y, al volver a buscarlo, vio que alguien se había dejado un USB drive sobre uno de los asientos, un par de filas más atrás. Preguntó a los escasos viajeros que esperaban para recoger sus maletas, pero nadie lo reconoció. Al llegar a casa lo dejó en un cajón de su mesa y no se volvió a acordar hasta que, varios días más tarde, le hizo falta trasladar un archivo. Como no quedaba memoria suficiente, borró el contenido y volvió a intentarlo, pero tampoco entonces pudo. Sea lo que fuera lo que había en esos archivos, estuvo perdido más de una semana. Hasta que, sin saber muy bien por qué, a Enrique le entró curiosidad y recuperó los tres archivos de texto y dos de audio que prácticamente llenaban el dispositivo. Lo que para un usuario cualquiera habría sido imposible, para Enrique fue un reto minúsculo, cuestión de minutos. Los títulos de los documentos de texto eran fechas. Enrique abrió primero los archivos de audio, María y Agárrate fuerte, que resultaron ser dos versiones de la misma canción de Los secretos, ambas en directo, una a cargo de Antonio Vega y la otra de los hermanos Urquijo. Los textos resultaron ser un diario.

Hago las cosas despacio y sin ganas. Todo me cuesta. Levantarme se me hace un mundo, como si estuviese cansada desde la mañana a la noche.Cansada de no hacer nada. Me cuesta concentrarme al leer. Hace tiempo que no consigo terminar un libro. Me quedo mirando al infinito. Ni siquiera mareando en Internet me distraigo. Todo me fatiga. Enseguida me siento intranquila y no puedo relajarme. ¿Dónde estás?

Enrique notó como si le faltase el aire en el corazón. Algo había en esas palabras, en el tono, que le apelaba con fuerza. La voz de la chica del autobús, apenas tres frases escuchadas débilmente a varios asientos de distancia y sin prestar atención, volvió a sonar con nitidez en su cabeza desde las primeras líneas del diario. Y le invadió la certeza de que la súplica de las dos últimas palabras iba dirigida a él. Apagó el ordenador y se puso en pie. Tardó varios días en continuar leyendo.

Debo hacer un gran esfuerzo, incluso para las cosas más sencillas. Y si lo hago es más por no entristecer a mamá que por cualquier motivo personal. Nada me mueve. Duermo fatal. Mi sueño está perturbado: o duermo poco, o demasiado, pero siempre sin descansar. Tampoco estoy cansada, quizá por eso no puedo descansar. Lo único que hago es comer. En menos de dos meses me puse como una vaca. Hasta que empecé a fumar. Ahora he perdido más kilos fumando de lo que había conseguido en toda mi vida siguiendo una dieta. Pero me miro al espejo y no me gusta nada lo que veo. Siempre quería estar delgada, pero ahora me veo flaca. Hace mucho que no me arreglo. Tengo el pelo hecho un asco. Cualquiera que me vea. Pero nadie me ve. Nadie me mira.

Más que una decisión, fue un impulso. Si ya es difícil localizar a alguien en una ciudad de más de un millón de habitantes, mucho más cuando no sabes ni su nombre, ni su edad, ni su aspecto, ni nada, más que viajó hace unas semanas en el mismo tren que tú. Una tarea absurda, condenada al fracaso. Enrique fue a preguntar a las oficinas de la empresa de transportes. Pero probablemente ella compró su billete pagando en efectivo. De todos modos, se negaron a darle los daros de los viajeros, que seguramente no tenían. Fue varias veces a la estación a la hora en que llegaba esa misma ruta. Pero ni siquiera podría estar seguro de reconocerla, aunque la viera. Enrique releyó el diario varias veces, pero no encontrabamuchas más pistas de dónde buscar. El tono era cada vez más triste, aunqueen la cabeza de Enrique la voz de la chica sonaba cada vez más dulce. Decidió llamarla María.

El mismo sentimiento que le embargó desde el principio, aunque al comienzo no lo habría admitido, fue esclareciéndose con el paso de los días, hasta que Enrique acabó por rendirse en su tercera noche de insomnio y, con un cierto alivio agridulce, con pena en el corazón, pero con el corazón lleno, se quedó dormido. La inquietud que sentía hasta ese momento, culpándose por dejarse dominar por una obsesión, se transformó en una energía nueva ahora que, sencillamente reconocía que estaba enamorado. ¿Qué era, sino amor, ese deseo de encontrar a otra persona para estar con ella, acompañarla, apoyarla, consolarla, devolverle la alegría? Incluso estaba deseando tener a quién contárselo. No sólo para pedir ayuda. No sólo para buscar consuelo. Sobre todo, para compartir una alegría, aunque amarga. Pero aún más ansiaba encontrar a María y decirle que había alguien en el mundo para quien su existencia era preciosa.

María era un alma delicada, que llevaba años luchando por no rendirse, pero que estaba sola. Enrique se indignaba con sus familiares y amigos. Aunque ella no le reprochaba nada a nadie. En sus desahogos se limitaba a describir cómo nadie era capaz de decirle las palabras que ella necesitaba. Palabras que Enrique no paraba de repetir en su deambular errático por toda la ciudad.

No veo claro mi porvenir. Me cuesta tomar decisiones. He perdido el interés por las cosas de la vida que eran importantes para mí. Me siento triste, deprimida y desgraciada. La felicidad y el placer parecen haber desaparecido de mi vida. Me siento deprimida, incluso cuando me suceden cosas buenas. Sé que no es verdad, que las cosas no son así, tan negras. Que el mundo no es distinto ahora que hace unos años, cuando me sentía feliz, o al menos, no infeliz. Pero saber las cosas no ayuda mucho. Cada vez me resisto menos a caer en la tristeza. Ayer volví a escuchar nuestra canción, aunque me había prometido no hacerlo. Lloré. Hoy he vuelto a escucharla doce veces. No he parado de llorar en todo el día.

Sólo en la última página del diario María mencionaba la palabra suicidio. Enrique lo leyó completo más de una vez, descubriendo detalles nuevos que en el aturdimiento de la primera batida se le pasaron por alto. O quizá hacía falta conocerla mejor, con el conocimiento que sólo da el cariño, para captar las veladas alusiones de María al lugar y a la fecha que había elegido para decir adiós.

Me siento culpable y creo merecer un castigo. Nadie me acusa. Nadie me odia, ni siquiera yo misma me odio. Pero me siento fracasada, vacía, más muerta que viva. Me siento atrapada y sin salida. Me pregunto cómo podría despedirme sin causar dolor. La palabra suicidio ya no me asusta. La pronuncio cada día al cruzar el puente cuando vuelvo a casa. Ya he vivido más que Krissi.

En la entrada del diario del pasado 26 de julio, María había escrito como si hablara con Kristina Brown, la hija de Whitney Houston, que falleció ese día. Sólo revisando esa misma fecha en años anteriores Enrique dedujo que ese era el día del 23 cumpleaños de María. Ella no lo mencionaba explícitamente, pero para quien lo supiese no cabía duda de que era un día especial para ella, especialmente triste. Con respecto al puente, aunque no había modo de saber a cuál se refería, Enrique decidió elegir el único que se encontraba relativamente cerca de su recorrido de ida y vuelta al parque del Oeste, mencionado sólo una vez, varios meses antes. Enrique la estuvo esperando todo el día en el puente del ángel, como un guardia de palacio. No tenía ninguna garantía de que ése fuese el lugar correcto, ni el día, ni siquiera la ciudad, ni que la persona a quien esperaba aún estuviese viva. Sólo tenía la esperanza de llegar a tiempo, de no perder la vida de quien podía darle sentido a la suya.

Enrique la reconoció enseguida. Llevaba el pelo limpio y bien arreglado, e incluso un poco de maquillaje, que a Enrique le pareció un mal presagio. Plantado firmemente en la acera, cortando el camino para cruzar el puente, hizo amago de dirigirse a ella, pero no fue capaz de recordar ninguna de las cien maneras de entablar una conversación que había estado preparando. No hizo falta. Ella habló primero, y su voz era exactamente la misma que le había estado leyendo su diario a Enrique las últimas semanas. No hicieron falta ni discursos ensayados, ni apenas palabras. Los dos se entendían a la perfección desde hacía tiempo. Se quedaron hablando durante horas,y María perdió el interés por cruzar el puente.Cada uno tenía un oasis que ofrecer al corazón del otro. Enrique se moría de ganas por cantarle el estribillo de su canción, pero no se atrevió. Esa noche no le desveló su secreto. Ella tampoco le explicó lo que acaba de ocurrir. Sólo se aventuró a dejar caer un pasaje un poco más neutro: tengo miedo y no tengo dónde ir. Pero cuando, al caer la tarde, se marcharon caminando juntos, Enrique le pasó el brazo por los hombros y le susurró al oído: agárrate fuerte a mí. María lloraba en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, sus lágrimas eran cálidas.