Y de nuevo, abro los ojos

María
Martes, 14 Julio, 2015

Y entonces, abro los ojos. Y siento el calor del sol, que me envuelve en un abrazo delicado, dándome la bienvenida al mundo que ilumina. El viento silva de fondo, suave, creando una melodía que hace apreciar el silencio cuando para, y marca el compás a la naturaleza. A los árboles y las flores que bailan a su son. A los animales que luchan contra él o se dejan guiar por su ritmo.

 
Abro los ojos y me empapo de colores. El verde intenso de las flores. El azul del cielo. El marrón de tus ojos. El negro de las nubes. El rojo de una sonrisa. Intensos. Únicos. Partes de un todo. Creadores de formas, sensaciones, vida. Me sumerjo en ellos y yo misma soy naranjamorado y gris. Parte de la montaña, del agua, de la tierra.
 
Abro los ojos y veo el camino recorrido. El comienzo, donde todo se cimentó. Los primeros pasos titubeantes, y los siguientes. Ahí están los juegos de infancia, las primeras salidas, los abrazos y la felicidad auténtica que surge porque sí, del pleno disfrute del instante. Inocencia. Ilusión. Imaginación. Pasión. Esperanza. Sueño. Amor. Diversión. Vuelvo sobre mis pasos y me paro en tu abrazo, en aquella tarde de cine, en nuestras risas, en las largas horas entre muñecas.
 
Y veo también las zonas empinadas, las curvas cerradas, y los túneles. Miedo. Tristeza. Desconfianza. Soledad. Me acerco a los abismos en los que creí perderme, y miro al vacío en el que más de una vez estuve. Y sonrío. Porque me doy cuenta, por primera vez, que ya no miro hacia arriba desde la oscuridad.
 
Abro los ojos y os veo. A todos los que en algún momento hemos coincidido en el camino. A los que os fuisteis. Los que seguís. Los que quiero que estéis. Y entiendo que la vida os trajo a todos en el momento y el lugar justo, porque descubro qué he aprendido con cada uno, cuál es vuestro sitio en el viaje de mi vida. Ahora sé que algunos vinisteis para quedaros, pase lo que pase, por encima del tiempo, la distancia y nuestras diferencias. Que otros os subisteis para un tramo, más corto, más largo, y que durante el trayecto disfruté de vuestra compañía. Pero después cada uno siguió una dirección, a su propio ritmo, y en sentidos diferentes.
 
Ahora os veo. A vosotros. Lo que sois. No lo que yo quería que fuerais. Lo que brilla y lo que es más oscuro, como todo en el universo. Y me siento feliz, porque por fin sé que estoy aquí y ahora porque todos habéis estado ahí, en algún momento.
 
Abro los ojos y me veo, desde todos los ángulos. Desde el principio. Leo en mis ojos mi historia, todos los episodios. 1, 2, 3, 4. Los revivo, y al mismo tiempo los observo como un espectador que ve pasar las escenas de la película en la pantalla del cine. Se funden en el mismo plano, lo objetivo y lo subjetivo, aquello que sentí y percibí, con lo que pasó en toda la escena y con el papel que jugaban el resto de los actores. Y así, lo entiendo. El argumento. El guión completo. Con los diálogos, las notas del director, los cambios de decorado. Tal cual. Lo que se ve, y lo que se cuece entre bambalinas. Lo reconozco y acepto. Que no todo es lo que parece. Y que no todo lo que parece, es.
 
Y de repente, como si hubiera accionado un motor, un cosquilleo rodea mi corazón, rápido, cálido, lleno de vida. Y con cada latido se extiende rápidamente a cada centímetro de mi ser. Que siente. Siente como nunca. Consciente de eso que percibe, de su origen, su significado, de que es parte de mí. Ilusión. Alegría. Ganas de comerme el mundo. Miedo a lo desconocido. Nerviosismo. Rabia. Amor. Envidia. Orgullo. Tristeza. Pasión. Un remolino de sentimientos que traspasa mi piel y se extiende más allá.
 
Abro los ojos y veo ante mí el basto horizonte. Inexplorado, nuevo, inquietante. ¿Amenazante? Puede. ¿Emocionante? Quizás. ¿Lleno de obstáculos? Es probable. Pero es mío, me espera, y yo lo espero. Así que echo la vista atrás, y con todo lo que veo allí, cierro los ojos, y doy un paso hacia delante.
 
Y entonces, abro los ojos, de nuevo, por primera vez.
 
Foto: Jimmy Guzman