«Beldurra gainditzea lortzen baduzu, aukera izango duzu esateko: orain ni naiz agintzen duena»

Hace 15 años le diagnosticaron Parkinson, ¿cuál fue su primera reacción?

Fue uno de los capítulos más importantes de mi vida. Se trataba de una enfermedad neurodegenerativa, de origen desconocido, progresiva e incurable. En ese momento sentí miedo. Sin embargo después, al llegar a casa, hablé con el nuevo huésped y le dije: “Vamos a ver, Parkinson, tipejo, te has metido en mi casa sin mi permiso, ¿Y encima me vas a meter miedo tú a mí?, ¿Con lo que yo he pasado? Soy yo quien va a meterte miedo a ti; te voy a castigar y pedirás salir de mi casa y no te dejaré, porque te quiero derrotar”. No tardé en empezar a practicar yoga, pilates, bicicleta, estiramientos, y algo que he descubierto hace poco y es extraordinario: el boxeo, que me permite estirar todas las articulaciones. Intento hacer mucho ejercicio y estar activo. Tenía muy claro desde el principio que a mí no me iba a asustar ninguna enfermedad ni nada en la vida. En sus conferencias señala tres fundamentos en la lucha por buscar el lado positivo: la cooperación con el médico, la toma de medicamentos, y lo que
puede hacerse por la patología que se padece. 

¿Por qué los considera pilares principales?

El neurólogo es el que sabe sobre la enfermedad y los medicamentos para paliarla, que, aunque tengan efectos secundarios, son tus amigos. Sin embargo, estas pautas no se sostienen sin el pilar más importante: lo que tú puedes hacer por la dolencia; es decir, tu actitud. Por otro lado, hay que procurar quitarse el miedo. El miedo no ayuda en nada. Es un chantajista, está a favor de la patología, es su aliado. Además, es una sensación que se instala siempre en el futuro, en el luego. Yo me he metido en la habitación del miedo, a oscuras, y no hay nada. Si logras desprenderte de ello, la enfermedad se queda desnuda y es cuando puedes decir: “Ahora soy yo el que manda”.  

¿Y cómo se enfoca en positivo?

Siendo agradecido. La vida es demasiado corta para perderla en envidias, rencores…Todas esas batallas te comen. También es importante dar. Hay dos tipos de personas en la vida: los que dan y los que piden. Estos últimos están condenados a pedir siempre, aunque les toque la lotería; y el que da, por muy poco que tenga, siempre tiene. A la persona generosa la vida le recompensa. 

¿En qué medida puede ayudar el estar activo?

Cada uno tiene que escribir su propio librillo, y ver cada día qué le hace mejorar o empeorar. Por ejemplo, si veo que pierdo agilidad en los dedos, todos los días lo primero es garabatear mi firma, escribir un poco a mano y dibujar. También exijo a mis neuronas que estén más activas. Cuando contemplo una puesta de sol, analizo de manera más consciente el cambio de colores, y así observo exactamente el presente continuo, que es donde estamos realmente. No vivimos el pasado, presente o futuro. La vida es, única y exclusivamente, un presente continuo.  

Cambiar de actitud es clave, según comenta. 

El cambio de actitud es lo mejor que puede pasarle a una persona. El cambio es fundamental. Salir de la rutina. Muchas veces nos quedamos atrapados en un lugar o momento concretos, y para vivir la vida hay que moverse, estar activo; aunque tengas una dolencia. Y reírse. Reírse de uno mismo y ser un poco niño. Yo he sido, soy y siempre seré niño. «Si logras desprenderte del miedo, podrás decir: ahora soy yo el que manda» 
 

«El día en que me convertí en el mejor médico de Europa»

«Una vez, en un vuelo de Riad a El Cairo en el que era el único europeo, uno de los pasajeros se puso enfermo y, cuando preguntaron si había algún médico, yo, con total seguridad, contesté: “Yes, I am” (sí). Me encontré en primera fila a un hombre que parecía morirse. En ese momento le dije a la azafata: “dígale que está aquí el doctor. No, mejor dicho, dígale que está con el mejor doctor de Europa”. Entonces Ibrahim, que así se llamaba, se tranquilizó, y al poco me aseguró que se encontraba mejor. Después, como doctor, le confirmé a la azafata que ese hombre estaba fastidiado, y que quería una ambulancia a pie de pista para que se lo llevaran al hospital. Y efectivamente, al llegar, allí estaba la ambulancia. En la compañía estaban tan contentos con mi intervención que incluso quisieron pagarme una estancia de una semana en El Cairo, pero supe escaparme a tiempo. No sé si a Ibrahim le hubiera pasado algo en el avión o si hubiera muerto, pero, con el simple hecho de estar a su lado, el hombre recuperó la esperanza, las ganas de vivir. Cuando tienes una fuerza grande que te impulsa a hacer algo, sabes que al final lo consigues.