1. SARIA "Mariposas bajo la lluvia"

Laura Cabedo Cabo
Ostirala, 2015, Urtarrila 30
 
Me gustan estos guantes azules, no sé por qué, pero siempre que me los pongo pienso en el mar.
 
Esta mañana tenemos trabajo, las habitaciones revueltas y, en la primera planta, la sala de espera de la Unidad de Adicciones a reventar. Ayer entraron tres pacientes nuevos en hospitalización breve: dos adolescentes con alucinaciones y una chica con trastornos alimentarios. ¡Va a tener razón el Sr. Antonio!
 
El Sr. Antonio está en la 32 de la tercera planta, lleva en estancia intermedia desde que yo trabajo aquí como auxiliar. Es grandote, ronda los 55 años y tiene unos ojos dulces color aceituna. Antonio Petrarca le llamo, porque dice que soy su amor, su musa, su sirena, y mantiene la teoría de que tal vez la razón no debería ser obligatoria, ni el llanto de los niños al nacer, ni tampoco el dolor cuando se ama. 
 
Su mujer acude diariamente al Centro y le acompaña en las TCC con gran interés; aunque no comprende del todo lo que le pasa a su marido. Los terapeutas coinciden en que pronto va a estar listo para volver a su casa, y a ella se le ve la ilusión en la cara. 
 
Hoy ha venido a visitarnos Teresa con su madre. Estuvo aquí en tratamiento externo por bipolaridad y algo que los médicos llamaban distimia aguda. Me he emocionado al ver la cara de orgullo de la madre cuando le ha contado a la Dra. García que Teresa había encontrado trabajo. La verdad es que todos nos hemos alegrado de verla tan segura de sí misma, sonriendo, con la ilusión de un futuro en la vida, y más en un momento laboral tan difícil como este.  La Teresa de hoy es el fruto del trabajo, de  la constancia y de la superación.    
 
Ya está gritando otra vez D. Miguel, el de la quinta planta. Cada mañana discusión porque no le dejan fumar, y es que ese hecho agrava profundamente su trastorno de personalidad. Por lo visto esta noche no ha dejado dormir a los sanitarios de guardia con su tertulia del 27. 
 
Para mí recoger su habitación es como entrar en uno de aquellos cafés de los años 20, con el aroma de las tazas humeantes que provoca un indefectible deseo de fuga hacia el pasado. Casi puedo escuchar las conversaciones de las señoritas de cuello grave sentadas junto al ventanal, soñando a contraluz con los jóvenes oficinistas del Banco. Y la erudición de la  mesa siete: Alberti, Dámaso, Salinas y D. Miguel, arremolinados sobre los giros del romancero gitano, en un sínodo de palabras que se elevan como el humo de sus cigarros largos. Cuando voy a asear el baño parece que todos me saludan con sus sombreros elegantes y me veo obligada a darles aprobación con un ligero asentimiento.
 
 D. Miguel está interno en larga estancia por varios intentos de suicidio. Tuvo la fortuna de salvarse en el incendio que provocó en su casa. No tiene una razón clara, porque quizá a veces no hay una razón para la psicopatía. Ha sido la vida, simplemente la vida, la que le ha puesto una nostalgia perenne en la mirada, como si fuera la mirada de una foto antigua. Dicen que era profesor y amaneció durmiendo en los bancos de los parques. A mí me parece una persona muy educada. Sus hijos hace mucho que no le visitan. 
 
Los guantes azules acaban negros al final de la jornada de tanto ir y venir por los pasillos, por las camas, por los dispensarios. Suerte que siempre me relajo observando a Dª Lucía. Ella está en estancia de día en el centro de sicogeriatría que ocupa la planta baja junto al jardín. Padece una demencia senil, agravada por la depresión postraumática que sufrió con la muerte de su marido en un accidente de tráfico. Por la noche viene a recogerla su hija para que duerma en casa. Dª Lucía  toma parte en los talleres de manualidades y ha hecho dos amigas; yo creo que el cariño y el bálsamo del olvido la van librando de aquella tristeza enquistada que tenía. Los días de sol la sacan al patio y se la ve disfrutar, como si le salieran alas. Nadie lo sabe, pero Dª Lucía es poseedora de un enjambre de mariposas. Yo las veo revolotear alrededor de su piel delicada y blanquísima, que parece el velamen de un barco, replegado sobre los mástiles de sus huesos. Son recuerdos de colores que flotan, dan vueltas y se le escapan. Toda ella es igual que una de esas muñequitas pintadas girando en su caja de música. Qué pena cuando hace mal tiempo, entonces Dª Lucía se instala tras el cristal en la infelicidad más absoluta y repite incansable esa pregunta que nadie escucha: ¿Qué harán las mariposas cuando llueve?  ̶ Tranquila, pronto vendrá la primavera   ̶  le digo con una caricia que ella agradece enormemente. Y es que a veces los recuerdos atacan y la memoria tiraniza; eso afirma el Sr. Antonio. 
 
En el corredor, el suelo es blanco y negro como la existencia; los grandes ventanales destilan una luz confitada invernal y Juan anda sorteando las baldosas negras. No soporta los números pares,  tiene fobia a las aglomeraciones y no puede salir de casa sin aferrarse a una botella de agua. Recorre el pasillo tan absorto que no me ve, como si caminase marcándose un perfecto swing.  Viene los jueves a Terapia de Grupo para el TOC, porque ha conocido una chica en el parque y sueña con hacerla feliz sin que la angustia le muerda a cada momento. La vida no está hecha para ir contando objetos y Juan lucha contra la tiranía de su obsesión. Está en ello; en estas cosas hay que ir despacio, pero yo estoy segura de que la perspectiva del amor va a ayudarle muchísimo.
 
Esta mañana el Sr. Antonio ha aparecido por el pasillo con un ramo de tulipanes enorme y en el lenguaje de las flores me ha dicho que me quiere. Me quiere desde siempre. Aún recuerdo cuando entró y sufría tremendamente. Yo también era nueva y tenía que lavarle y peinarle. Me gustaba hacerle la raya a un lado, alejarme dos pasos y observar mi obra, como si con ello pudiera devolverle algo de autoestima. Ahora ya ha superado aquello. Le han dejado salir acompañado de un cuidador y me ha comprado el ramo en el mercado. Ha tenido que decir que era para su mujer. Es un ramo precioso, pero no puedo aceptarlo, lo huelo y él me mira desde detrás de las flores y despliega un papelito. Sonríe pícaramente guiñándome un ojo antes de recitar:
̶ “Mi sirena, cuando yo me vaya descenderás por las escalas de la espuma hasta el fondo del amor que ningún hombre ha visto”  ̶  La reconozco, es una frase de Cernuda. 
̶ ¡Ay! Sr. Antonio, cómo sabe lo que me gusta a mí la literatura y, mire, aquí estoy con mis guantes sucios; pero no se crea, no me quejo de nada. 
La verdad es que es un cielo. Dice que le encanta ver mi pelo rojizo flameando por los pasillos, le reconforta mi presencia pequeña y a veces sigilosa y la ternura de mis ojos de agua. El Sr. Antonio sufre un trastorno obsesivo depresivo de dependencia, una insaciabilidad por la búsqueda de realidades paralelas, con episodios de pánico a lo cotidiano, irritabilidad y somatización; todo ello le hacía encontrarse siempre enfermo. El tratamiento y las terapias cognitivas le han ido bien, pero a veces aún presenta flasbacks y alguna fobia por un trauma infantil de desamparo. 
 
Esa necesidad de intercalar realidad y sueños le fue minando su vida diaria. Un compañero aprovechó para desacreditarle y quedarse con su trabajo; los amigos le tomaban por un vago, incluso a veces por un obseso sátiro, hasta que un día no quiso regresar a su casa porque era un piso en el centro de la ciudad desde el que no se veía el mar.
 
Su mujer está ilusionada, aunque sabe que es primordial no abandonar el tratamiento, pero se levanta cada día pensando en el futuro, en la crisis, en si en la sociedad habrá un lugar para él. Meditándolo detenidamente, son las mismas dudas y las mismas preguntas que se hace cualquiera hoy día.
 
Amanece y me despierto nostálgica; hay algo especial en el aire. Me pongo los guantes azules y abrocho mi bata despacio. Para mí, el día y la hora carecen de importancia, aunque nos empeñemos en dividir los momentos en fragmentos que son tan iguales unos a otros. Definitivamente tiene razón el Sr. Antonio: fuera solo hay una esfera diminuta girando en el vacío, un globo de locos que caminan deprisa, con sus grandilocuencias, sus injusticias, sus guerras... 
 
Llueve y el celador coloca a Dª Lucía en el comedor, junto a la leve luz de la ventana. Sigue con sus dedos torcidos dos gotas que bajan despacio por el cristal hasta que se juntan y resbalan a toda prisa en una vertiginosa carrera hacia la tierra; a sus ojos aflora una inocencia remotísima.
  ̶ ¡Cuánta belleza esconden esas pequeñas cosas que solo ven los seres más sensibles! ̶ pienso mientras le sirvo el desayuno.
En el pasillo el Sr. Antonio sale de una consulta con el Dr. López, los dos sonríen. Voy a su encuentro, pero su mujer corre a abrazarlo por detrás de mí y me aparto. Hoy le dan el alta, el tratamiento ha hecho su efecto. Ahora le espera la vida, el ancho espacio lleno de gente indiferente, la realidad de su piso desde el que no se ve el mar.
 
¿Qué harán las mariposas cuando llueve? me pregunto mientras, a cámara lenta, le veo cruzar con la maleta la puerta principal. Una alegría dulce me invade y quiero decirle adiós. Entonces me doy cuenta de que no tengo voz. Agito mis manos azules como si fueran las olas de una playa lejana, pero él ya no me ve ni me recuerda. Miro mis guantes que se vacían poco a poco y quedan tirados en el suelo blanco y negro del corredor, y con una sonrisa me diluyo, como todos los seres etéreos que pueblan los sueños o los delirios, que viven y mueren sin hacer ningún ruido, en la maravillosa y compleja mente humana.