2. SARIA: "Grandes éxitos de Queen"

Raúl Clavero Blázquez
Ostirala, 2015, Urtarrila 30
 

1.- The invisible man. 3:55 (1988)

Bastó un verano para hacerme invisible. Mi padre había cambiado de esposa, de casa y de continente, mi madre no paraba de llorar, y mi cuerpo, como si quisiera mostrar claramente que aquello marcaba una frontera en mi vida, dejó de pronto de crecer. Al regresar en septiembre al colegio, todos mis amigos se habían transformado en desconocidos de rostros grasientos en cuyas miradas la curiosidad infantil abría paso al miedo de quien se asoma por primera vez a un abismo de profundidad incalculable. Los juegos habituales desaparecieron de la noche a la mañana, y las niñas, que hasta ese momento sólo nos habían producido una leve indiferencia, dejaron de ser niñas y se convirtieron en el centro de todos nuestros mundos.
 

2.- Under pressure. 4:02 (1981)

Yo tardé todavía unos cuantos meses en dar el estirón pero, para entonces, ya me había quedado al margen de cualquier grupo. El inicio de la adolescencia había dibujado sobre mí el perfil del muchacho retraído. Los planes, las bromas, las conversaciones volaban a mi alrededor sin que pudiera atraparlas, cada vez era mayor la distancia que me separaba de quienes habían de ser mis iguales y nadie, ni aunque fuera para burlarse o para robarme la merienda, reparaba en mí. Quizá por eso me fijé en Marta. Ella era el reverso de mi realidad. La chica a la que todos deseaban. La más simpática. La mejor estudiante. La única con la fuerza necesaria como para rescatarme de mi naufragio. Pero, por desgracia, ella ni siquiera sabía que yo me estaba ahogando.
 

3.- It's a hard life. 4:08 (1983)

El curso terminó sin demasiados sobresaltos. Con la triste mansedumbre de una vela que se apaga, yo observaba desde lejos los abrazos de los otros, los besos y las promesas de llamadas telefónicas a las que permanecía ajeno. Y ya pensaba que habría de languidecer lentamente sin compañía durante los años que me restaban de colegio, y de instituto, y de universidad, cuando, de repente, apareció él. 
-¿Te acuerdas de tu tío Raimundo? - me dijo mi madre en la cocina, señalando a un tipo ojeroso que la abrazaba por la cintura mientras se recolocaba una y otra vez sobre el hombro derecho la funda de una guitarra -. Se va a quedar una temporada con nosotros.
-¿Qué? ¿Y dónde va a dormir?
-Emm... contigo. En tu cuarto - admitió mi madre con una sonrisa que a mí me supo a disculpa.
-Mis amigos me llaman Rai – dijo extendiendo hacia mí una mano cubierta de un reguero de pequeñas cicatrices, que ascendían por su brazo como pistas de un dibujo que hubiera que completar con un pincel.
-Pues qué bien – respondí sin devolverle el saludo, dándome la media vuelta hacia mi dormitorio.

4.- Hammer to fall. 4:28 (1983)

Mi tío Raimundo era un recuerdo vago, apenas un figurante en algunas fotografías familiares. Lo único que yo sabía de él es que había sido el cantante de un grupo que tuvo cierto éxito en la década anterior y que después, tras varias excentricidades de Rai sobre el escenario y en algunas entrevistas, se precipitó inevitablemente hacia el olvido. Cuando entró en mi vida, él acababa de salir de una clínica de desintoxicación y comenzaba a desprenderse de su perpetuo aspecto de  edificio en ruinas a punto de caer. Caminaba replegado sobre sí mismo, como si llevara un viento permanente soplándole en la cara, y en sus ojos, en cuyo fondo se adivinaban lagos congelados, aparecía con frecuencia un gesto indescifrable, a medio camino entre la derrota y el asombro. Un gesto que se volvía más acusado cuando veíamos algún programa musical en la televisión, y las luces de la pantalla se deslizaban sobre las cientos de arrugas que adornaban su piel, avejentándolo prematuramente.
 

5. - Radio Ga Ga. 5:49 (1983)

Durante las primeras semanas apenas pasaba por casa para comer. Empleaba sus días en  hacer entrevistas de trabajo, y en acudir a una especie de terapia a la que, de vez en cuando lo acompañaba mi madre. Por las noches, en su litera, escuchaba una y otra vez en su viejo walkman una cinta de grandes éxitos de “Queen”, moviendo la cabeza al compás, arriba y abajo, arriba y abajo.
-De joven incluso me dejé bigote – me dijo en una ocasión -. Siempre me han dicho que me parezco a Freddie Mercury.
-¿Sabes que ahora hay un invento que se llama cd? - le decía yo, impostando la ironía aprendida de los seriales británicos -. Muy práctico, no necesitas desenrollarlo con un bolígrafo.
 Él sólo sonreía y seguía moviendo la cabeza al compás de la música. Arriba y abajo. Arriba y abajo.
 

6.- Bohemian Rhapsody. 5:55 (1975)

-Creo que te haré caso – me dijo al fin, una mañana de julio -. Voy a comprarme un discman, ¿me acompañas?
Me había despertado cinco minutos antes y aún estaba lo suficientemente abotargado como para encontrar una excusa creíble con la que negarme, de modo que una hora después me encontraba caminando con él hacia la única tienda de discos del barrio. Allí, para mi sorpresa, trataron a Rai como si fuera una celebridad. Al fin y al cabo era lógico que así lo hicieran, pensé más tarde, ya que mi tío había sido uno de los pocos habitantes de nuestra minúscula ciudad que podían presumir de haber acariciado el triunfo, aunque sólo lo hiciera con la punta de los dedos, aunque sólo fuera en un tiempo demasiado lejano, demasiado fugaz.
 

7.- Headlong. 4:39 (1990)

Pasamos media mañana en aquella tienda. Mi tío, a diferencia de como se comportaba en casa, no paraba de hablar y consiguió formar a su alrededor un corro de curiosos que reían todas sus gracias. Ya nos marchábamos cuando una mano tocó mi hombro. Al girarme estuve a punto de caer sobre una estantería de vinilos.
-¿Qué tal? - me dijo Marta. A mí. Marta. Era Marta y me hablaba a mí.
-Bi... bien – balbuceé.
-Oye, que quería... bueno, que mi hermano da una fiesta en mi casa esta tarde, ¿te apetece venir?
No pude decir ni un simple “claro”, o un “por supuesto”, sólo me limité a agitar mi cabeza al compás de mis latidos desbocados, arriba y abajo, arriba y abajo.
 

8.- Another one bites the dust. 3:32 (1980)

En las siguientes horas no me pareció caminar sobre una nube. Yo era la nube. Iba de acá para allá sin poder parar de sonreír, elaborando cientos de estrategias para abordar a Marta en la fiesta. Ninguna funcionó. Enseguida, en cuanto llegué a su casa, me di cuenta de que, en el fondo, yo seguía siendo invisible. Había tanta gente que imaginé un ejército de carteros repartiendo de invitaciones por todo el país. Vi a Marta rodeada de varios chicos mayores que yo. No bailé. No hablé con nadie. Me senté en una esquina, aferrado a un vaso de plástico que alguien dejó en mi regazo. Bebí entonces mi primera cerveza. Y la segunda. Y la tercera. Y la cuarta. Con la quinta un rostro indisitinguible se me acercó.
-Oye – dijo -, ¿es verdad que tu tío está mal de la cabeza?
-Sí – respondió otro -. Creo que mató a un tipo, y todo.
Eran palabras que daban sentido a todas las dudas que yo tenía acerca de Rai. Aquellas pastillas de litio que tomaba, aquel ligero temblor en sus manos, aquellos misterios de su pasado. La sexta cerveza tornó mi nube en densa bruma, y la breve felicidad de aquella tarde se marchó por el retrete de mi casa en el que enterré mi cabeza de madrugada para vomitar. A mi espalda mi tío me observaba, agitando la cabeza a derecha e izquierda, al compás de algún oscuro presentimiento.
 

9.- Too much love will kill you. 4:20 (1988)

-No le he contado nada a tu madre – me dijo a la mañana siguiente.
-Vale – respondí aún con una orquesta de tambores en mis sienes.
-¿Es por una chica? ¿La de la tienda de discos? ¿Es ella?
-Déjame en paz.
-¿Qué? ¿Te dio calabazas?
-No, no me dio nada porque ni siquiera hablamos.
-¿Y eso? 
Me encogí de hombros.
-Ya – continuó - ¿Y te pasa con todas las chicas o sólo con ésta?
-Tú qué sabrás.
-¿De chicas? Pues mucho, chaval, mucho, ¿quieres que te eche un cable?
-¿Tú? - respondí con una risotada -. Lo que me faltaba. Hacer caso de los consejos de un zumbado.
-¿Qué? Pero, ¿qué te has creído, mocoso? ¿Se puede saber a qué viene eso? - gritó abalanzándose sobre mí. Su nariz se quedó a pocos centímetros de la mía. Fue la primera, y la única vez que le vi perder su pose reflexiva y apacible, y más que miedo, sentí cierto vértigo hacia la conversación que sabía que iba a tener que mantener en ese instante.
-Lo... lo siento... en la fiesta... - balbuceé hasta que conseguí ordenar mi pensamiento en una sola frase - ¿Es cierto que te cargaste a alguien?
-¿Qué? ¡Claro que no! ¿Qué tontería es esa? ¿Quién te lo ha dicho?
-No... no sé, uno. No lo conocía - yo levanté la mirada. Rai relajó su expresión. 
-Ya, pues no deberías hacer caso de todo lo que oyes.
-Pero, ¿estás loco o no? - añadí.
-Bueno – contestó tras un largo suspiro -, todos estamos un poco locos, en realidad, aunque imagino que lo quieres saber es qué me pasa a mí. Los médicos lo llaman trastorno bipolar. Yo lo llamo mala suerte, si me lo hubieran diagnosticado de joven quizá habría llevado mejor mi carrera, y desde luego no habría tomado tantas drogas. Por cierto – dijo meciendo afectuosamente mi cabeza entre sus manos, como si quisiera despertarme de un mal sueño -, emborracharte o drogarte hasta las cejas no te va a ayudar con esa chica. Lo de ayer no se puede repetir, ¿entendido?
-Ya, pero es que no sé ni cómo acercarme a Marta. Y me gusta. Me gusta mucho.
-Bueno, bueno, muchacho, es que para llamar su atención ni siquiera tienes por qué acercarte a ella. Sólo necesitas esto – dijo sacando la guitarra de debajo de su cama. 
-Pero, tío, yo no sé tocarla.
-Eso no es problema, chaval, hay tiempo. Hay tiempo. Te enseñaré una canción infalible.
 

10.- Crazy little thing called love. 2:42 (1979)

Las semanas siguientes fueron, sin duda, las más felices de mi vida. Cada tarde nos sentábamos durante horas a ensayar. Mi tío me enseñó a colocar los dedos, a mirar de frente, a escucharme y a escuchar. Me contaba anécdotas de sus giras, me explicaba los inconvenientes de su enfermedad, y me decía que, a pesar de todo, no pensaba resignarse a no cumplir los muchos planes que le quedaban por delante. Yo le hablaba de mi padre, de la vergüenza que sentía por echarle tanto de menos a pesar del daño que nos había hecho a mi madre y a mí. Cuando llegó septiembre de nuevo, algo había cambiado en mi interior. En la primera clase me senté en el pupitre de Marta y le canté “Crazy little thing called love” a todo pulmón. Hice un ridículo espantoso. Durante todo el trimestre estuvieron riéndose de mí, pero aquella exhibición de mi total ausencia de talento me sirvió para tener unas cuantas citas con Marta. No duró. No podía durar. Pero ya no me importó. Gracias a mi tío conseguí ganar algo de confianza en mí mismo. Empecé a mirar a mi alrededor y descubrí que, escondidos en las esquinas, había otros muchos chicos como yo. Hice algunos amigos. Encontré mi lugar en el mundo.
 

11.- The show must go on. 4:24 (1991)

Unos meses después a Rai lo contrataron como camarero en un bar de la costa y a partir de entonces sólo pudimos vernos muy de vez en cuando. Él conoció a una chica, tuvo una hija y se mudó a Argentina, donde vivió feliz hasta su muerte, la semana pasada. En su funeral no hubo discursos ni lecturas. Tan solo una canción y un intérprete patoso que la destrozó, desafinando a pleno pulmón, mientras movía la cabeza al compás. Arriba y abajo. Arriba y abajo.