3. SARIA: "Hasta que la muerte nos separe"

José Bruno Villalba
Ostirala, 2015, Urtarrila 30
 
Te vi y supe que eras tú.
 
No hizo falta mucho más, sólo tu peculiar manera de atravesar una puerta a destiempo: con la mirada perdida, ajeno a la realidad, como si el estrecho mundo en el que nos desenvolvíamos, denso e irrespirable, te fuese ajeno.Un pálpito jugueteó entre escondrijos de mi intimidad. Al instante tuve la certeza de que, entre tanta decrepitud,subsistía un reducto de esperanza. Todavía, cuando mi deshilachada memoria lo permite, río al recodar tu primera imagen. ¡Parecías un polizón acostumbrado a la deriva, un niño abandonado a su suerte, el pequeño Ulises que no encuentra su Ítaca! Las paredes que nos cercaban se hacían traslúcidas a tus ojos, dos opales teñidos de atardeceres azulinos que no se resignaban al ocaso, más bien, al contrario, mantenían esa travesura imprescindible para no desfallecer a tanta miseria. Tu vista se perdía en horizontes imaginarios, improvisaba su propio universo, un reino alimentado de viajes y aventuras, de Alejandro Dumas, Julio Verne, Pepito Grillo, Alicia y sus maravillas, piratas, bergantines, Alatriste…Y claro, ¿cómo no enamorarse de alguien así?
 
Allí estabas: flaco, hombros alicaídos, espalda encorvada, moviéndote como una sombra entre el revoltijo de desamparo que, sin remedio, constituía nuestro único e indeseado hogar. Desapercibido entre internos, casi invisible de tan discreto, con ese etéreo caminar que no deja huellas a su paso. Tu frágil cuerpo parecía rendirse al peso de la tormenta, como un endeble arbolillo que crepita alcanzado por el rayo. Comedido y guapo como tú solo, muy guapo, atesorabas esa belleza despreocupada que solo se aprecia al mirar desde ángulos imprevistos, que se presenta de sopetón sin ser esperada y se esfuma burlesca cuando se desea mirar de frente.
 
Te encontraba siempre solo, apartado en un rincón del jardincillo, bajo la celosía de sol y sombra que el astro rey dejaba en el terruño al atravesar las copas de los sauces, enfrascado en tus novelas o pinturas, acuarela y pincel en mano, plasmando marinas, el aroma a salitre de un pueblecito pesquero, paisajes infinitos, labriegos entre riveras y chopos… Otras veces, las menos, improvisabas figurillas de miga de pan o te limitabas a soñar despierto ─como tan a menudo yo misma─ con el más allá de nuestros muros, con librarte de las fronteras del recinto que nos envolvía suave e impío, que nos conducía lenta e implacablemente a un destino sin retorno. (Sí, la muerte). En estas condiciones, ¿cómo acercarme a ti sin caer en el más espantoso ridículo? ¿Cómo hacerte saber de mi desvelo cuando el amor, impropio en nuestro escenario, era un sentimiento desterrado?
 
Nuestros comienzos fueron tímidos, espaciados, un vaivén de miradas desde la distancia, un revoltoso tránsitoentre bancadas de mármol; primero alejadas, más tarde próximas, cada vez más, entre risas y bromas de mis nuevas amigas, hasta que por finnos sentamos uno junto al otro. Entonces, idas y venidas entre la escueta floresta, coqueteos que hacían de nuestro párvulo parterre un cobertizo contra la intemperie, la amapola que, desvergonzada, asoma su tul escarlata sobre el níveo manto que el invierno, tirano, perpetúa.
 
Con el paso de los días, la palabra, y con ella, dos historias comunes que se narran, sin heroísmos ni vilezas, sin gloria ni tragedia, dos vidas entre tantas otras, anónimas, ni mejores ni peores, forjadas a fuerza de trabajo y voluntad, con sus tristezas y alegrías, logros y fracasos, gozos y desdichas: amores, matrimonios, alumbramientos, insomnios y regocijos, enfermedad. Diagnóstico (Esquizofrenia).Vaivenes. Internamiento. Dos biografías paralelas que sólo en su ocaso, como la superficie de la laguna que titila esmerilada bajo la luz de poniente, cuando ya nadie tiene nada que perder, convergen.
 
Me encantaba escuchar tu voz quebrada, la pasión con la que los recuerdos llegaban a tu boca, fuesen los que fuesen, ─la que se lió el primer cumpleaños de tu segundo hijo, problemas maritales, tus cambios de empleo, un simple día de pesca…─;memorias que partiendo de unos labios gastados fluían limpias, cristalinas, mostraban el hombre que eras, que eres, alguien en quien ─pese a todo─ no cabe el sustantivo maldad. Y cuando menos lo esperaba, aparecían, ─aparecen─, detalles que te hacen insustituible, ese pliegue en el mentón, cicatrices, las muescas que surcan tu frente y mejillas, tu dermis morena y enjuta, curtida; la nebulosa blanca que empaña el garzo de tus iris, como si tras la bruma de la mañana se ocultase una transparencia rota por el paso de los años, los huesos del cuello marcados sobre la fina capa de cuero usado que hoy, tras la batalla, es tu piel.
 
¿Tan difícil resulta aceptar el febril deseo que nos alumbra?
 
Juntos e insubordinados, a deshora, proscritos, compartimos soledades sobre las sábanas de mi alcoba. Me encantaba pasear mis manos por tu cara sintiendo la tibieza de su aspereza, dejar que recorriesen tus hombros, tu espalda, tus piernas; despacio, con la quietud de un licor reposado que embriaga dulce e inocuo me detenía en cada pormenor, ultimaba las pinceladas de un cuadro para la eternidad. Juegos, picardías, cosquillas, risas acalladas, risas que nadie debía escuchar. Dos diablillos que se adueñan de la penumbra para ocultarse a la mirada del otro. Al notar tus labios en mi cuello, de primeras despacio, como si se dejasen caer sobre papel de seda que pudiese romperse en cualquier momento de tan quebradizo, poco después intensos, mostrando la masculinidad que pervive tras tu delicadeza, el hombre que aún eres, surgía la estremecedora oleada de centelleos que me hace sentir viva, viva como siempre, viva como nunca. ¡Te amaba tanto, que dolía! Y sí, tu virilidad me habitaba, anidaba en mí placentera y benigna.Llevada de una intensa felicidad sólo podía abrazarte, permitir que mis dedos, desgarradores, se aferrasen a tu espalda, dejar que nuestros pechos se confundiesen en uno, como si aquella fuese nuestra última oportunidad, como si el tiempo, indiferente a lo nuestro, se nos terminase ya mismo.
 
¿Cuánto duró nuestro gozo? ¿Cinco? ¿Seis meses? Pese a extremar las precauciones, aunque siempre guardamos la retaguardia, al final,la noche más insospechada, confiados en que todo permanecía bajo control, de madrugada, vencidos ya a un sueño donde no se sabía dónde empezaba uno o terminaba el otro, la llave maestra sonó en la cerradura de mi dormitorio. No hubo espacio para reaccionar.¡Nos habían descubierto! Sor Inés, una de las hermanas que tenían asignada la guardia nocturna en el psiquiátrico diocesano, puso el grito en el cielo:
─¡Santo Dios! ─exclamó espeluznada─. ¡No puedo creer lo que mis ojos ven! ¿Qué decir al respecto? Lo que siguió fue un revuelo desquiciado, monjitas que corrían de pasillo en pasillo santiguándose mientras propagaban el escándalo:
─Don Luis, el señor Marín, sí, el de la celda veintinueve, ¡quién lo diría!, tan caballeroso a primera vista ─apuntaba la una.
─¿Y ella? Doña Merçé, sí, esa señora aparentemente respetable de Vilanova… ¡y parecía una mosquita muerta!… ¡Mira por dónde nos ha salido! ─confirmaba la otra.
─No, si… ya lo digo yo… ¡Satanás anda suelto por todas partes! ─lamentaba una tercera.
─¡Chito! Discreción, ante todo, discreción. ¿Qué sería de nuestra reputación si sus hijos llegasen a enterarse? ─sentenció la priora.
Podrán robarnos el contacto, el calor de nuestras carnes, una con otra, desplazarte el aposento, como de facto han osado, ─tú al cuarto piso y yo al primero, ¿serán brujas? ─, incrementar sus vigilas para abortar nuestros encuentros. Insistir en que, sólo por estar enfermo no tenemos derecho a amar. Sí, podrán. Pero nunca nos sustraerán los espacios comunes, esos pies que durante la cena se encuentran bajoel mantel, miradas que hablan, manos que se enlazan ocultas al abrigo de la maleza, mis ojos en tus cuadros, estas letras que te entrego bajo mano como prueba de mi deseo, de que te sigo amando, besos tímidos y furtivos, a hurtadillas, en cada ocasión en que el quehacer o sus oraciones les distraigan y descuiden la guardia. Siempre. Hasta que la muerte nos separe.
 
Y cuando la esquizofrenia, con quien lucho, implacable, me gane la partida y ya no sepa nada, ni dónde estamos, ni quien soy, ni quien eres, cuando sólo sea una vieja chocha, octogenaria y rebelde, tú te llegarás a mi lado ─te lo ruego, es lo único que te pido─ y, en las mismas bancadas donde nació lo nuestro, bajo el mismo sol de jardín, me tomarás la mano un minuto, dos, no hace falta más, y con tu inconfundible voz, en Catalán, mi lengua, me susurrarás al oído:
- T’estime.
Y aunque no te reconozca, te seguiré sintiendo aquí, tan dentro como ahora, conmigo.