Un grato reencuentro con una vieja amiga

Sara
Astelehena, 2015, Maiatza 11
 

 
 
El otro día, rebuscando entre mis cosas, encontré una carta escrita hace algunos años, en un periodo en el que sufrí mucha ansiedad. Me reconfortó leerla, y ver el recorrido que desde entonces había realizado. En aquella época, rondaba los 20 años, sólo quería que esa sensación de angustia desapareciera. No quería vivir así, y entraba en pánico pensando que no se me iba a pasar… Así decía la carta:
 
Me siento agotada. Como si las pilas estuvieran sobrecargadas y creando una especie de cortocircuito. Los deseos de estar bien y de reírme son tales, que el presente se me está convirtiendo en una losa pesada. Quiero llegar al próximo estadio de mi vida pero para ello parece que tenga que atravesar la selva más oscura y peligrosa.
 
Necesito relajarme, con una buena conversación y unas carcajadas... No quiero tener hipocondrías que me recuerden constantemente mis limitaciones mortales. Me encuentro cansada, asfixiada.
 
Físicamente, siento mi cuello a punto de desquebrajarse; me duele y está tenso como una espátula. Hay momentos, incluso, en los que me da la sensación de que el cosquilleo y la insensibilidad se apoderan de partes de mi cuerpo. No puedo con esos síntomas absurdos. Ya no sé si debiera ir al médico o a tomar viento.
 
Tampoco quiero ir al médico, me aterroriza el recordar que puedo enfermar y quedar rendida ante la impotencia de la verdad más cruel, la de ser mortales.
 
Tengo ganas de estar bien, pero no sé cómo hacerlo. No quiero incrementar mi ansiedad con realidades distorsionadas. Quiero estar bien. Pasar por alto los estúpidos detalles que me obsesionan para fijarme en un todo más amplio, más real y, sobre todo, más sano y satisfactorio. 
 
Siento las lágrimas intentando escapar. Siempre he sido muy sentimental pero al mismo tiempo excesivamente racional. Parece que no quiero disfrutar plenamente de la vida por miedo a… ¿a qué?... ¿A perderme? A mirar alrededor y que no haya nadie. Como esas veces de pequeño que te pierdes en la multitud y no sabes dónde está tu madre…supongo que todos tenemos, en cierto grado, ese miedo al abandono.
 
Me cansa no saber si los síntomas físicos que a veces tengo son reales, causadas por alguna enfermedad, o imaginadas por mí. No quiero tener esa duda eternamente.
 
Ahora tengo 28 y, aunque el camino ha sido largo, puedo decir que la ansiedad ya no me obsesiona ni me preocupa. Tengo que decir que, para mí, comprender y sentir que esa ansiedad era la clave para desplegar las alas y salir del nido, me abrió las puertas a otra etapa mucho más plena de mi vida. Ahora la considero una compañera de viaje, y no un ser extraño que me importuna. Soy capaz de gestionarla y reconocerla e incluso prevenir los momentos de crisis, pero sobre todo soy capaz de aceptarla.  
 
Foto: Juan Manual Cabrero Vilanueva, finalista en el III concurso de fotografía 'Enfoca la Salud Mental'