Querida y odiada Rotten

Heidi
Osteguna, 2015, Uztaila 2
 

Querida y odiada Rotten, 

Creo que esta es la mejor manera de empezar a hablar contigo, la más sincera, porque te quiero tanto como te odio, y quiero separarme de ti con tanta fuerza como antes me aferraba y entregaba a ti. Las dos lo sabemos, no hubiéramos pasado tanto tiempo juntas si no. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La verdad es que nunca pensé que podría decirte “querida”. Siempre me he referido a ti como una losa descomunal que no me dejaba vivir. Eras la mala, la culpable, el verdugo, la que me obligaba a hacer cosas de las que me arrepentía. Y yo, la pobre víctima que luchaba día y noche contra ti, sin obtener resultados. 
 
¡Qué va! Sí que eres un incordio y me has fastidiado todo lo que has querido y más. Pero yo te he dejado. Es más. Te he utilizado. Porque te hacía visible ante los demás y así conseguía su atención. Y porque contigo no tenía que asumir responsabilidades. Simplemente te echaba la culpa. 
 
Has sido mi refugio durante mucho, mucho tiempo. De hecho, naciste para serlo. No recuerdo exactamente cuándo te conocí, pero estabas ahí desde el principio. 
 
Estabas cuando me sentía desprotegida y expuesta, cuando era vulnerable y necesitada. Estabas cuando debía acatar las buenas formas, las costumbres y las tradiciones… de mis maestros, mis padres, mis hermanas y mis amigos, que no las mías. 
 
Antes de que supiera que existías, dividiste mi alma en un mundo de luz y uno de oscuridad. Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo está. 
 
Tú me trajiste los sentimientos de vergüenza, me mostraste lo que hay en mí de defectuoso, de feo, de estúpido, de desagradable. Me dijiste “diferente”, cuando me dijiste por primera vez al oído que algo no andaba del todo bien conmigo. 
 
Y te creí. La primera vez que sentí que no era lo que debía ser, que algunas cosas mías no gustaban a los demás, te creí. Me aterró pensar que podrían rechazarme por ser como era, así que decidí evitarlo. Me miré, y todo aquello que no me gustó te lo di, para que lo guardaras en tu baúl de siete candados. Sólo dejé lo que me haría ser buscada, deseada, aplaudida, gentil y agradable. Perfecta. Para que no tuvieran razones para rechazarme. 
 
Me entregué a ti. Eras mi apoyo, mi bastón, mi guía. Ahí estabas, cuando algo fallaba, para recordarme que debía cambiar más. Y que sólo tú estabas a mi lado. 
 
Te lo di todo. Mis aficiones, porque me dediqué a aquello que pensaba que gustaría a los demás. Mis gustos, cuando delante de un póster elegía el que más gustaría a mis amigas o a mis padres. Mis sentimientos, cuando aparecían la rabia, el enfado o el odio, te los entregaba, porque “no está bien” sentir esas cosas, a nadie le gusta una persona arisca. 
 
Mi tiempo libre te lo dedicaba a ti, aunque no me diera cuenta. Lo calculaba, programaba y medía para que fuera perfecto y nada se desencajara. Quizás me apetecía más quedarme en casa, pero salía con los amigos porque “era lo normal”. E iba a los sitios que a ellos les gustaban, aunque me sintiera incómoda. Horas muertas en discotecas, aburrida, pensando en la hora de marcharme. 
 
Te lo fui dando todo, poco a poco, hasta que no tuve más para darte que mi propio cuerpo. Tampoco era bonito ni adecuado. No era lo que otros podían esperar. Así que lo cambié. Me maté de hambre, hice ejercicio hasta no poder ni respirar. Mentí. Tomé diuréticos cada día. Todo lo que fuera necesario para que desapareciera lo feo que había en mí. 
 
Poco a poco, llenaste tu baúl de mí. Te hiciste grande, mientras que yo me quedé sin nada, tan sólo con aquello que podía mostrar a los demás: la fachada. 
 
Una fachada hecha a medida para cada uno de ellos. A tu medida. Un disfraz. Eso es lo que eres tú. El disfraz que guardaba a cal y canto lo real de mí. 
 
Durante mucho tiempo sólo fui tú. Control, obsesión, dureza, tristeza, desasosiego, inconformidad, rechazo, asco hacia mí misma, presión por agradar y dar la talla, por no ser aquella tan fea que era antes. 
 
Llegaste a ser tan fuerte que dejé de sentirme, de reconocerme, de notarme. Mi cuerpo se volvió un extraño, un incordio. No era yo. Eso que encontraba en el espejo cada mañana no podía ser yo. Mi mente y mi cuerpo se separaban. 
 
Y el día en que eso pasó, cuando delante de un espejo observé a mi cuerpo moverse mientras yo me notaba quieta, miraba a mis pies dar los pasos de baile sin sentirlos, y de repente observé desde fuera; algo desde lo más profundo de mi interior gritó. Algo muy pequeño, apenas perceptible. Pero vivo. 
 
Gritó porque se moría. Porque apenas le quedaba espacio para existir. 
 
No sé de dónde salió, ni cómo lo hizo, pero doy gracias a ello. Porque ese día empecé a verte realmente, aunque he necesitado muchos años. No tenía fuerzas, ni ganas, ni ilusión. Empezaba a no ser nada. Me lo habías quitado todo. Te lo había dado todo. 
 
Y entonces te odié. Empecé a luchar contra ti. Quería desterrarte de mi vida, sacarte a golpes si hiciera falta. Busqué ayuda, me puse en pie de guerra, peleé y peleé. Pero no sirvió de nada. Seguías ahí. Delante. Desafiante. 
 
Seguías en mí. Porque yo me había convertido en tú. Y tú, eras yo. Te odiaba a ti porque no quería ver que me odiaba a mí. Y cuando lo vi, cuando me di cuenta que éramos uno, te vi. Te vi de verdad. Me puse ante ti y empecé a escrutarte, a fijarme en tus movimientos, tus palabras, cada uno de tus detalles. Empecé a comprenderte. Y, poco a poco, a desmontarte. Con cada cosa nueva que sabía de ti, perdías fuerza, porque ella residía en la oscuridad que te acompañaba siempre, en la impenetrabilidad, en la dureza de tu armadura. Cuanto más te conocía, más débil te convertías. Y más fuerte era yo. 
 
Porque con cada detalle tuyo que sacaba a la luz, había un detalle mío que rescataba del baúl, y que despertaba. Conocerte a ti supuso conocerme a mí. Descubrí que la manera de hacerte desaparecer, era luchar desde dentro de ti, en lugar de ante ti. Meterme en el baúl y rebuscar entre todo aquello que un día te di, para recuperarlo para mí.
 
Y así hemos llegado hasta aquí. Ya no tienes secretos para mí. Te conozco, te percibo, y sé lo que quieres y cuándo lo quieres. 
 
Pero ya no te necesito. He roto los siete candados y he tirado el baúl al mar. Porque no tengo nada que tú debas guardar. No necesito que me protejas, que me cuides, que me defiendas del mundo. Porque para eso me tengo a mí. Con mis claros y mis oscuros. Porque prefiero vivir mil años en este mundo lleno de cosas inacabadas, imperfectas, pero reales; que morir en vida, persiguiendo la perfección inexistente, junto a ti.
 
Foto: Laura Poyato Ojeda (finalista en el II concurso de fotografía Enfoca la Salud Mental). Título: No autoaceptación, no vida.