1.SARIA: "La caverna de Platón"

Laura Cabedo Cabo
Osteguna, 2016, Urtarrila 28
“Las cosas son más de lo que vemos”  (Leyenda de La caverna de Platón)
 
Siempre había creído que todo funcionaba previsiblemente, con automatismos, en un orden banal y explicable, pero aprendí que la razón no es tan transparente y que existen dos mundos unidos por una pequeña puerta, un pasadizo que solo algunos seres sensibles son capaces de recorrer.
 
Acababa de separarme y me había mudado a aquella finca del barrio antiguo con mi hijo de apenas veinte meses. Él era ya la última razón del amor para mí. Esperaba encontrar de nuevo la calma necesaria para darle a Iván una infancia feliz. La misma semana de mi traslado, convocaron una reunión de comunidad en la que conocí a mis vecinos:
̶ El Sr. Platón o como se llame, está llenando el entresuelo de basura y pronto parecerá una caverna. ¡Nos van a inundar los malos olores y las cucarachas!  ̶  Dijo doña Eladia.
Isabel, la chica del cuarto piso, afirmó: ̶ Sí, yo le he visto rebuscar en las papeleras y creo que debería cambiar el cartel de su buzón y poner Diógenes en vez de esa tontería de Platón.
̶ Andrés, como presidente debe usted hacer algo. Tiene la terraza del patio de luces llena de objetos raros que construye con basura y cuando hace aire se mueven y causan ruidos que no nos dejan dormir. Por no hablar de los ataques que le dan de vez en cuando, ni de todos los gatos que recoge. Esa casa es un foco de infecciones.  ̶  Sentenció doña Eladia, indignada.
̶ No se preocupen, hablaré con él. Al principio no daba tantos problemas; que yo sepa estuvo casado y era maestro de primaria antes de acabar aquí; le expulsaron por algún trastorno sicológico y ahora creo que malvive con una mínima pensión de dependencia y apenas puede pagar el alquiler. Tal vez sea la soledad y los años, que hacen estragos en la mente de un hombre. 
 
Yo me quedé pensativa, la verdad es que días antes estaba tendiendo la ropa en mi piso, que es el segundo, cuando le vi salir a su terraza, desnudo. Bailaba entre los objetos extraños y los hacía sonar con los dedos mientras regaba las plantas. Mi primera reacción fue esconderme, pero oírle hablar a las flores con tanto mimo sin nada de ropa me hizo sonreír. El Sr. Platón poseía las plantas más bonitas y floridas de toda la finca.
 
Mi hijo merendaba en el parque que hay delante de nuestra casa. Yo estaba sentada en un banco, buscando anuncios de empleo en el periódico, cuando Iván me puso en la nariz una flor de otoño y dibujó en su cara regordeta una enorme sonrisa. Todavía no hablaba, solo esporádicos “mamá” y alguna que otra palabra suelta e ininteligible, pero ya entonces era un niño muy espabilado y lo decía todo con los ojos.
 
Vi al Sr. Platón paseando un perrillo sin raza bajo los castaños; su manera de vestir era desaliñada y extraña. En ese momento, algunas vecinas vinieron a saludarme y a averiguar disimuladamente algo sobre mi vida. Cuando me di cuenta Iván había cruzado todo el parque y enseñaba la flor al anciano. Eché a correr tras el niño dejando a medias al grupo de mujeres.
 ̶ Qué bonita, cariño.  ̶ Le decía muy bajito a mi hijo. El crío lo miraba con ojos de fascinación y le tendía aquella especie de margarita lila con su bracito rechoncho. El hombre sacó de la chaqueta un mugriento avioncito de plástico amarillo y se lo cambió por la flor.
̶ ¡Iván, no molestes al señor!
̶ Tiene usted un niño muy simpático.  ̶ Me dijo, casi sin atreverse a mirarme. No pude evitar el estupor al ver sus bolsillos repletos de hojas secas de castaño. Él se dio cuenta del gesto de rechazo que me produjo aquella visión y con voz decidida me explicó:
̶ Me gusta coleccionar las cartas de amor que los árboles escribieron en primavera. Las dejan caer en otoño, solo para que nosotros podamos aprender algo al leerlas durante el largo  invierno.
 
Sin esperar atisbo alguno de comprensión por mi parte, se perdió con su perro caminando hacia la avenida. Le vi hacerse pequeño arrastrando los pies entre la hojarasca. Esa noche, en cuanto Iván se durmió, tiré a la basura el avión amarillo, seguramente había salido de algún contenedor y estaría lleno de gérmenes. Después apenas pude dormir pensando en aquellas palabras. El viento frío hacía sonar esos móviles del patio de luces: botellitas de colores, tapas de conservas, conchas de moluscos y hojas de castaño colgadas con cintas o atadas con pinzas a las cuerdas de tender la ropa. Todo entregado a un baile, al tintineo de una música tan aleatoria como los derroteros de la vida.
 
Hacia las cuatro de la madrugada se oyó jaleo. Me asomé a la galería y vi a dos policías en el comedor del Sr. Platón. Doña Eladia, desde la ventana del primer piso, me explicó que había llamado al 112 porque ese hombre tenía uno de sus ataques de pánico y había estado llorando y chillando un buen rato. 
 ̶ Seguramente se habrá saltado la medicación. A veces no le llega para comprarse las pastillas o se le olvidan y nos desvela a todos.
 
Varios semanas estuvo el Sr. Platón ingresado en el hospital, cuando regresó a casa no le vi durante un tiempo. Tuve suerte y encontré trabajo en la oficina de una fábrica, así que fue necesario buscar una guardería para Iván. Nunca olvidaré aquella mañana. Mi niño extendía sus manitas y solo podía expresar el dolor de la separación con lagrimones mudos. Ese día terminé agotada y nos dormimos juntos en el sofá. Cuando desperté de madrugada, Iván no estaba. Le llamaba desesperada, por la casa, por la escalera, salí a la calle donde los bares comenzaban a abrir sus bocas humeantes a las callejuelas mojadas. Figuras grises e indiferentes a mi angustia, pasaban deprisa camino de sus destinos. Yo preguntaba nerviosa, casi sin aliento, ni siquiera me daba cuenta de que iba descalza y en camisón. Nadie me ayudó, la gente me miraba como si estuviese loca. Volví al piso llorando para llamar a la policía y al pasar por el ventanal les vi.  Estaban en el comedor de aquella caverna. El Sr. Platón le leía algo y mi niño apoyaba la cabecita en su regazo escuchando atentamente como si despertase a la vida. Bajé corriendo los escalones de dos en dos, con el corazón en un puño y aporreé la puerta. 
̶ ¡Devuélvame a mi hijo!  ̶ dije gritando.
̶ Le encontré en el portal, se le debió escapar. Pase por favor, le estaba enseñando a construir sueños. Necesita escuchar para aprender a hablar.
 
Agarré a Iván en brazos y le saqué de allí como envuelta en una tormenta. En el pasillo me topé con aquel hombre que se había asustado ante mi brusquedad. Iván, no sé cómo, agarró su cuello y se abrazó a él, dejándome vacías las manos. Casi no podía creerlo, estaba tan aturdida. El Sr. Platón le estrechó despacio, primero con temor, después conteniendo la emoción, igual que si sostuviese una cría de gorrión caída de un nido. Le vi cerrar los ojos y apretarlos mientras le resbalaba una lágrima. Aquellos momentos me parecieron eternos pero noté que la crispación de mi rostro dio paso a un instante de paz. Después el Sr. Platón me miró, sus pupilas eran océanos, eran simas en un mar profundo y azul, y mostraban un agradecimiento infinito. Apartó de sí al niño, como quien suelta una paloma o deja ir un amor, y me lo devolvió.
 
Al salir, sentí que cruzaba una maraña de objetos polvorientos que me observaban, un bosque de seres mágicos que conducía a esa pequeña puerta al final de un pasadizo entre dos mundos, tras la que me esperaba la realidad, la indolencia ante la belleza o la ternura, la impasible frialdad del día a día. Iván le dijo adiós con la manita y se acurrucó en mi hombro chupando un pequeño coche de madera, mientras le escuché balbucear por primera vez en su vida: “te quiero, mamá”.
 
Hoy me han hecho fijo el contrato. Al subir me he encontrado a la señora Eladia que me  saluda con un respingo. Iván acaba de dormirse y el Sr. Platón cierra el libro y le da un beso en la frente. Viene todos los días a las 8 y le lleva al cole, luego comemos los tres en mi cocina. Tengo que reconocer que es un poco desastre con las cosas de la casa, pero por la tarde saca al nene al parque y le enseña a recoger las mejores cartas de amor. Cuando las cosas se complican en el trabajo y vuelvo casi de noche, le ha bañado y acostado. Yo le ayudo con el alquiler y él me ayuda con la vida. Hace mucho que ya no tiene aquellos ataques de pánico porque ahora puede comprarse siempre las pastillas, aunque sigue regando desnudo y no sé si por eso sus plantas continúan siendo la envidia de toda la finca. Me gusta ver luz en la caverna y oír por las noches el tintineo de sus cacharos, su música me hace seguir creyendo en esas pequeñas cosas impredecibles que hacen preciosa la vida.
̶ Buenas noches, me dice al acabar su jornada, y se marcha escaleras abajo como si hubiese cumplido con un deber muy importante.
̶ Sr. Platón, espere, dígame: ¿cómo logra que mi hijo se acueste sin rechistar? 
̶ Yo leo poemas, muy suave, como el viento cuando pone voz a los árboles, él escucha, y no paramos, hasta que todos los versos se quedan dormidos.