2.SARIA: "Punto y aparte"

Ziortza Moya Milo
Osteguna, 2016, Urtarrila 28
Hoy me he levantado de la cama como cada día. Pero hoy no es un día como los demás, qué va. Aún así, he querido que en mi casa se respire normalidad. No quiero miradas escrutadotas dirigidas hacía mí que intenten adivinar mis pensamientos, ni movimientos anormales en las actuaciones de mis familiares. Por eso no saben que es hoy cuando ocurrirá.
 
Mi padre se ha levantado temprano, como siempre, para ir a trabajar. Me ha encontrado sentada en la mesa de la cocina desayunando. Al principio se ha pegado un susto, no me esperaba allí, pero después me ha saludado, se ha partido dos rodajas de pan, ha puesto a calentar el café, y se ha sentado a mi lado con aspecto somnoliento. 
 
El perro es incontrolable, así que se ha sentado en una esquina de la cocina mirándome extrañado. Yo le he dado unas palmaditas en el lomo y parece que se ha quedado a gusto, ya que se ha ido a su mantita y se ha quedado dormido en cuestión de segundos. Los perros simplifican más que las personas. Eso es lo que me gusta de los animales. 
 
Después he ido a pegarme una ducha, ligera y templada, para aplacar un poco la tensión que siento. Sabía que iba a ser así. No me esperaba un camino de rosas. Tengo el pulso un poco acelerado, desde que he tomado la decisión nada más levantarme. Pero ya no hay marcha atrás. Es mi decisión. La tomé con una desacostumbrada lucidez. Así me gustaría que acabara el día.
 
Cuando he salido de la ducha, mi madre estaba recogiendo los platos del desayuno. 
 
—  ¿Qué haces levantada tan temprano?— Han sido sus primeras palabras. 
— ¿Nos vamos?—He dicho como quien dice "que día tan bueno hace". Mi madre se ha quedado suspendida y congelada en el espacio y en el tiempo. Le entiendo perfectamente. Entiendo a todos perfectamente. Pero ellos también han sido "entrenados" para estos momentos. Así que su desconcierto ha durado solo unos segundos. Simplemente ha dicho:
—Dame unos minutos para prepararme.
 
Mientras mi madre se dirige a su cuarto, miro por la ventana de la cocina. Acaba de amanecer. El sol de otoño a veces es de una luz extraordinaria, y he tenido que ponerme la mano como visera. Hará fresco, seguro, todavía no son ni las nueve. Tendré que coger alguna chaqueta de punto o una vaquera. Tengo ropa nueva, quizás un poco pasada de moda, pero hoy en día seguir las tendencias no es el objetivo de mi existencia. 
 
Mi madre ha venido un poco acelerada del cuarto, pero en cuanto me ha visto plantada en la puerta con la chaqueta colgando del hombro, ha disminuido de intensidad el paso, y en un gesto que pretende ser natural, se ha atusado el pelo con las manos mientras se mira en el espejo del pasillo.
—Bueno ya estoy — dice sonriente — ¡Espera las llaves! — Se vuelve a embalar. 
Al final hemos salido de casa. He preferido bajar por las escaleras en lugar de coger el ascensor. Prefiero que las cosas sucedan de forma paulatina. Por un momento me ha parecido que la mano de mi madre rozaba ligeramente la mía, pero con los ojos muy abiertos le he dado a entender que no hiciera eso. Le ha quitado importancia y ha mirado para otro sitio.
 
La primera prueba de fuego. Estamos en el portal. No puedo evitar cierto tembleque de piernas y de manos. Mi cuerpo se encuentra tan inestable, que me he tropezado con un escalón mientras una vecina abría la puerta. Me he encontrado cara a cara con ella. No ha podido disimular su asombro, pero mi madre ha terminado con la situación de un plumazo: 
— Hola Angelines, vamos a dar una vuelta con el día tan bueno que hace. Hasta luego.
— Pues sí que hace bueno, aprovechadlo bien que han dicho que por la tarde... —Ha seguido hablando, pero nosotras estábamos ya lo suficientemente lejos como para no escucharla. 
Noto el sol que me da de lleno mientras me acaricia el rostro una leve y fresca brisa de otoño. Respiro hondo y relajo los músculos. Doy un paso detrás de otro, meticulosamente, mecánicamente, sin pensar demasiado en ello. Hemos girado a la derecha al salir del portal. Vamos sin rumbo fijo. A veces me paro en algún escaparate de moda juvenil o en alguna librería. Precisamente me encuentro mirando unos libros, cuando mi madre me saca de mi recogimiento y me comenta:
— ¿Quieres comprarte un libro?—Es una buena idea, pero para eso tengo que entrar a la tienda. Después de una interminable pausa, doy dos pasos decididos y un poco aparatosos hacia adelante y las puertas de la librería se abren como por arte de magia. Ya estoy dentro. De repente el terror se apodera de mí. Unas compañeras del instituto se encuentran dentro, en la sección de libros de texto. Hago un giro de ciento ochenta grados con un solo movimiento y me encuentro con la cara de mi madre, moviendo la cabeza de un lado para otro:
—No lo hagas, has llegado hasta aquí—. Tampoco he tenido tiempo para reaccionar, una de la chicas se ha acercado seguida del grupo. He sentido el rubor en mis mejillas. Han sido amables, me han dado dos besos, que tenían ganas de verme, que me encuentran muy guapa... Yo casi no he podido articular palabra, pero parece que ellas no se han extrañado de mi reacción. Tras este encuentro, algo ha sucedido en mi cuerpo. Me encuentro invadida por una extraña serenidad. Mi madre está sonriendo. Cada vez está más animada. 
 
Me decido por un libro de suspense, y cuando voy a dárselo a mi madre, ella se adelanta y me da el dinero para que pague yo. La dependienta me cobra, me mete el libro en una bolsa, y tras un "gracias" me lo devuelve. Todo normal, de momento. 
 
Salimos. La temperatura ha subido unos grados y el ambiente es bastante agradable. Mi madre, que no puede disimular cierto entusiasmo, me sugiere que tomemos un café en una terraza. Nos sentamos en unas mesas en un bar del puerto. El mar está de un azul intensísimo, y escuchar las olas tan cerca, descubro que es una de las cosas más placenteras que hay en esta vida. El viento mece las gaviotas en el aire, y ellas se dejan llevar planeando de una forma mecánica, se fían de su instinto, parecen dormidas, pero es la placidez que sienten. Las admiro, se sueltan, se dejan llevar, parecen vivir el momento. Otra vez pienso en la sencillez que me rodea. Parece tan fácil... Mi madre me saca, otra vez, de mi embelesamiento. Incluso se ha asustado un poco. Me ha visto tan concentrada que ha pensado que me había desmayado con los ojos abiertos. La tranquilizo. Todo va bien. Sonrío. A ella se le iluminan ligeramente los ojos.
 
Hace exactamente seis meses y trece días era una tímida y temerosa estudiante que se dirigía a diario a estudiar al instituto. Todos los días alguien me zarandeaba o me caía algún sopapo.
 
Hace seis meses y trece días todo se desbordó,  cuando unas chicas, normales, como yo, de mi misma edad, con padres responsables como los míos, me acorralaron cuando salíamos de clase y comenzaron a insultarme. 
 
Hace seis meses y trece días me encontré tirada en el suelo, mientras recibía patadas, tirones de pelo y escupitajos. Nadie se paró a ayudarme.
 
Hace seis meses y trece días llegué a casa sin saber cómo, y me escondí debajo de la cama como un animal asustado. Parece ser que tuvieron que sacarme por la fuerza. Yo no respondía a ningún estímulo y dejé de hablar. 
 
Tras varias sesiones de terapia intensiva en mi casa, empecé a reaccionar. Sin embargo, el terror a salir de casa se convirtió en una pesadilla insuperable.
 
Poco a poco con ayuda de personas maravillosas y de mis padres, pude pensar que podría seguir viviendo, aunque fuera entre cuatro paredes. Poco a poco aprendí que mi vida tiene un sentido para mí y para los que me quieren, y que lo demás pasa de largo y se desvanece con el tiempo.
Un día como hoy, he decidido que mi vida me pertenece. Que puedo moverme por donde me da la gana, y también he decidido que puedo tomar decisiones. 
 
Un día como hoy, sonrío, pero de verdad, miro a las personas sin miedo, y hablo de temas interesantes. Me gusta mucho leer y escribir.
 
Hoy dormiré en mi cama, con cierta excitación, pero con la placidez que otorga coger las riendas. 
 
Hoy la vida continúa. La ilusión vence al miedo.