“La sobreprotección de la familia impulsa a las mujeres con problemas de salud mental a quedarse en casa”. La psicóloga de Agifes Marisa Román abordó esta y otras muchas cuestiones en la charla que impartió en Lasarte-Oria el pasado 25 de octubre. En su intervención, titulada Salud mental y mujer: hacia el camino del empoderamiento, la ponente ahondó en el doble estigma al que se enfrentan las mujeres con enfermedad mental, ya que sufren discriminación tanto por su sexo como por su trastorno. Con el fin de superar esa situación de desventaja, en la charla se expusieron estrategias para iniciar un proceso de empoderamiento que promueva la toma de decisiones y el control sobre la propia vida.

 

En primer lugar, el papel tradicional reservado al sexo femenino actuaría como freno a la autonomía de las mujeres. Como señaló la psicóloga, las funciones sociales de la mujer están eclipsadas por su rol de cuidadora y su confinamiento al ámbito privado. Román apuntó que, al mismo tiempo, «las mujeres son una importante fuente de ingresos familiares y cada vez tienen más funciones y presiones sociales». Por ello, defendió que las causas sociales repercuten con mayor intensidad en la salud mental de las mujeres que en la de los hombres.

 

Además, los trastornos mentales retroalimentan esa discriminación y se genera un doble estigma. Así, como señaló la conferenciante, las mujeres con enfermedad mental tienen un mayor riesgo de sufrir violencia de género, la cual, a su vez, repercute negativamente en su salud mental y puede provocar un cuadro de ansiedad, depresión o trastornos de la alimentación.

 

En opinión de la psicóloga, la desventaja de las mujeres con problemas de salud mental es clara, ya que socialmente tienen menor credibilidad que los hombres, mayor tendencia a soportar situaciones de desigualdad, menos probabilidades de defensa, menor acceso a la información y menor autoestima, entre otras dificultades añadidas al trastorno.

 

En consecuencia, según las cifras que ofreció Román, las mujeres acuden en mucha menor proporción a los centros de rehabilitación psicosocial, porque la familia tiende a sobreprotegerlas y a empujarlas a quedarse en casa. Por esa misma razón, menos del 30% acceden a un empleo y, así, se privan de una oportunidad de desarrollar su autoconfianza y autonomía. Por ello, Román insistió en la necesidad de aplicar un modelo de calidad de vida que incida en el empoderamiento de estas mujeres, que se centre más en sus capacidades que en sus déficits y que ofrezca información y las apoye en las decisiones que tomen.

 

El proceso de empoderamiento no puede hacerse individualmente, puesto que también exige el compromiso de la familia y de la sociedad. La mujer puede lograr convertirse en la protagonista de su propia vida, en la persona que toma las decisiones respecto a su tratamiento y a su día a día. Sin embargo, la sensibilización de la familia respecto a la importancia de la participación social y laboral de su hija o hermana, o las iniciativas públicas para facilitar que estas mujeres accedan al empleo, son indispensables para que el empoderamiento funcione realmente, concluyó Román.